—Sí; mañana van para nosotras.
—Y, ¿a qué trabajo?
—A la siega.
—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?
—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas servicialas!...
Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan por levantarse rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando los deseos en las tinieblas.
Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.
Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la desaforada cuita.
—De ese modo no se puede vivir, Mariflor—prorrumpe don Miguel con blanda severidad.
Y la moza, difícilmente, responde: