La monja que presenciaba la visita quebrantó su grave silencio argumentando con mucha erudición:

—El noble señorío de Villalobos goza, como los reyes, privilegio de canonicato, que por falta de sucesión varonil recayó un tiempo en la condesa doña Inés, ascendiente de nuestra Madre.

Por mandato de la cual, sin duda, abrióse de pronto una puertecilla para que los visitantes pudiesen admirar un bello claustro de arcadas góticas, bañado en suavísima luz.

—Es lo único que del antiguo edificio conservamos—dijo la abadesa—; en el fondo está el jardín; todo ello pertenece a la clausura.

De la extraña claridad sin tonalidades, trascendía exquisito perfume de rosas y jazmines, cándido aliento del misterioso vergel; aromas y resplandores invadieron el locutorio con deleite; y penetrada Florinda por la singular impresión, dícese codiciosa:

—¡Qué bien estaría aquí la pobre Marinela!

Aún responde la Madre Rosario a preguntas de los caballeros:

—Trastamaras y Osorios—encarece—han sido nuestros más cabales protectores; al primero debe la Comunidad, entre inmensas mercedes, el reguero que desde hace siglos viene desde Fuente Encalada a calmar nuestra sed; todos los días pedimos a Dios por el ánima del insigne castellano.

Como si la blandura de la evocación hubiese tenido mágico poder, un hilo de agua rompió a cantar en el misterio del jardín. Le acordó la Madre con su cristalino acento para responder a los señores visitantes:

—Nuestra regla es de mucha pobreza y humildad; comemos de vigilia todo el año y usamos ropa interior de lana muy gorda, tejida en San Justo...