—Sí—murmura—, a mediados del siglo trece, una clarisa del convento de Salamanca, oriunda de Astorga, vino a fundar aquí. Poco después, el muy alto y respetable señor don Álvaro Núñez de Trastamara, donó a la Comunidad este edificio, que en aquella época lucía muy hermosas proporciones y elegante arquitectura, y que hubo pertenecido con su templo y aledaños a los ilustres caballeros de Alcántara.
Habla la Madre con sentida y reposada voz, su figura se yergue majestuosa entre los pliegues blancos del ropaje; eleva los ojos, suspira y prosigue:
—Reyes y próceres de otras centurias concedieron tantos favores a esta santa Comunidad, que nuestra casa pudo llamarse Real Convento; en testimonio de tal honor conservamos un escudo con castillos y leones sobre la vivienda del capellán, y en nuestro archivo, bulas y documentos de esclarecida memoria para la fundación.
Al otro lado del locutorio decae la charla bajo el dominio que ejerce el suave acento de la abadesa.
—¡Qué lista debe de ser!—alude la maestruca mirándola con arrobo.
Y la novicia responde llena de orgullo:
—Viene de alto linaje: una antepasada suya fué canóniga de la Catedral de León.
—¿De verdá? ¿Pueden ser canónigas las mujeres?
—En tierras de Castilla, sí.