Segura de que en casa de la abuela no habrá un lindo regalo para Ascensión, va cediendo Florinda al bondadoso impulso de ofrecerle el relojito que oculta. Al instante se confunde, reflexionando: ¿cómo entonces comprará lo que Marinela necesita?
Mejor le parece vender la joya, sumar el dinero con lo que valgan los palomos, y después de adquirir los menesteres para la enferma y los zapatos de los niños, comprar también el obsequio para la desposada. Tendrá que separarse de sus amigas con disimulo antes de hacer la venta. Entrará en una relojería y... ¿cómo va a decir cuando le pregunten: ¿qué desea usted?
Un aturdimiento penosísimo le embarga: oye apenas el palique animado de Ascensión, procura sostenerle, y teme, al hablar, que el transido acento delate las interiores cuitas.
Compadeciendo el propio infortunio, en el alma opulenta de Mariflor se desborda una gran ternura que sube a los pelados serrijones, corre por llecas y cambronales, y unge de lástima los abietes ariscos, las mustias amapolas, los matojos humildes, todo el vago confín de las veredas blanquecinas.
¡Qué tristes son estos senderos solitarios! Arden y huyen al través de pasturajes descoloridos y de rediles temblorosos, sin escuchar la sonatina de una fuente ni percibir el aroma de una flor. Persíguelos Florinda con mirada soñadora: parece que van a derramarse en la infinitud de los horizontes para seguir corriendo a la insondable eternidad, sin rumbo ni destino. Pero advierte que algunos, deslizándose entre sebes y hormazos, se confunden a la par de una aldea en los firmes renglones de una mies y mueren en los surcos, rectos y hondos, como trazo de una ferviente plegaria dirigida hacia Dios.
Al descubrir en el erial estas conmovedoras señales de esperanza y trabajo, la niña triste lanza su imaginación por las llanuras de la fantasía, y alentada supone que ya está cerca el premio de su martirio. Quizá Antonio se decide a portarse bien con la abuela; quizá aquella misma tarde llegue a Valdecruces el esperado aviso de la felicidad: una carta detenida por azares que nada tengan que ver con la ingratitud y el desamor.
Harto encendido el día en resplandores, tocan en la ciudad las maragatas: intérnase la madre por el callado laberinto de las rúas, y no se detienen las mozas hasta la puerta del convento. Habían tomado un camino vecinal junto a la milagrosa ermita del Ecce Homo; dieron desde allí en el puente del Gerga, rozaron la Fuente Encalada, y por «el reguero de las monjas» posaron en el umbral de las clarisas.
Después de un patio silencioso, encuentran dos portalones bajo las alas del edificio, grande y pesado: se adelantan por uno de ellos, llaman al torno con suaves golpecitos, y al cabo de prolija explicación les hacen bir a la «Reja pequeña», un locutorio humilde con apretada celosía.
La novicia de Oviedo, amiga de Ascensión, recibe con otra monja a las maragatas. A poco llegan unos señores preguntando por la abadesa, y aparece la Madre Rosario, fina y dulce, sonriendo en el nimbo de su manto virginal.
De un lado y otro de la reja se forman dos grupos susurrantes, y Mariflor, un poco aislada, escucha, distraída primero, interesada al fin, el relato con que la abadesa satisface la curiosidad de la visita.