XIX
EL CASTIGO DE LOS SUEÑOS

BIEN acogida Mariflor por las viajeras, tuvo asiento propicio en las anchas jamugas de la novia, mientras la madre de ésta asilaba a los pichones en su mulo, prometiendo venderlos ella misma, más artera en estos negocios que la niña ciudadana.

—Tú, en cambio—le dijo—, acompañas a Ascensión, faceis compras y visitas, que ya la boda está adiada y no hay que descuidarse con los encargos y los aconvidos...

El cielo, muy tocado de arreboles, anunciaba un día bochornoso, y las amazonas se proponían llegar a la ciudad antes de que arreciase el calor, para volver a Valdecruces con la fresca.

Iba la novia hablando con mucho empaque de los obsequios que había recibido y de los que aún esperaba: mantellinas con recamos, medias de seda, lienzos y estofas, anillos, pendientes y collares; ¡le faltaba un reloj!

Sintió Florinda triste sobresalto allí donde llevaba oculta la alhaja de su madre, al lado del corazón. Había resuelto vender el relojito en Astorga para evitarse el pesar de verle en manos ajenas, y la humillación de seguir pidiendo mezquinos favores entre gente conocida. De pronto, considera que es preciso hacerle a la novia un regalo, un regalo que debe extremarse como prueba de gratitud a don Miguel: y el deseo expresado por Ascensión le parece un providente aviso contra el propósito de hurtar la preciada joya a las ilusiones de la maestruca. Teme que haya poca generosidad en el intento: recuerda con pesadumbre su baúl vaciado en los cofres de la amiga a cambio de una menguada limosna; pero aquella amiga fué antes dulce y noble con Mariflor, la recibió en triunfo en el pueblo, colmándola de atenciones, cediéndola homenajes que ella sola disfrutaba. Y ahora mismo la lleva al lado suyo cogida por el talle con blandura, la mira y la sonríe confiada y amable, aunque un poco embaída con su próspera suerte.