—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, que Mariflor la mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!

La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.

—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la contestación, añade:

—Aquí están los palombos: diez parejas.

Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se revuelven temblorosas.

Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las nubes.