—¿Y quién me cuida?
—La abuela.
—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!
—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas sólo para ti: son de mucho alimento.
—¿Pero sabes el camino?
—Voy con las de Fidalgo.
—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!
—¿Sientes la vocación otra vez?
—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.
—Creí que ya no te acordabas del convento.