—¿Por quién?
—Por ti.
—¡Dios te lo pague!
La enferma alisa blandamente los cabellos de Mariflor, que de pronto balbuce:
—¿Tengo canas?
—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y amoroso que da gusto cariciarlo.
—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, incorporándose para acabar de vestirse.
—¿Tú? ¿Pues cómo?
—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla tienen hoy jornal.