Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...
La imagen desfallecida de Olalla persiguió a Mariflor toda la noche como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...
Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la realidad, cuando la víctima despertase.
De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad de marchitarse aspada en el potro del trabajo, le causaba terror; ya le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.
Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, igual que tantas infelices de Valdecruces.
Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante embellecido con gracias y tristezas.
En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña doliente.
Avergonzada Mariflor por el contraste que ofrece su frívola consulta con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:
—¿Rezabas?
—Eso mismo.