Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:

—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... la... el medio de encontrarlo.

Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:

—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a las dos jornal.

—Yo iré—apresuróse a decir Mariflor, inspirada en un doble propósito.

Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su hija:

—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.

—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.

—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.