Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido el corazón, palpitando sobre la mies.

Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones que la obligan a moverse, prorrumpe:

—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la intención que nos ofende!...

No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:

Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...

Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los mendrugos de pan.

—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.

Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.

—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con inquietud.