Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.

El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio las colma de profunda melancolía.

Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz suave de Florinda insiste:

—Marinela sanará si seguimos cuidándola...

Ramona interrumpe sordamente:

—No sana, como la bruja no la ensalme.

—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?

La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:

—La meiga puede sanarla.

—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?