—¡Cinco!—balbuce Ramona.
Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.
—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.
—¡No crea usted en hechicerías!—ruega Mariflor tímidamente.
Pero Ramona, exaltándose, arguye:
—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la vida.
Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y añade:
—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.
Suspensa Mariflor ante la benigna frase, atrévese a profundizar con la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda escondido en él...