Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer secretas relaciones entre el baúl de Mariflor y los armarios de la maestruca.
De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos apuros y llegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, de una sola tapa, lindo y pequeño.
Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.
Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, llevado y traído por una mano trémula: Mariflor quería ofrecérselo a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a extinguirse.
En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...
Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin cesar el tónico de las brisas puras.
El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de curar.
De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace algún tiempo en aquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!
Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos estímulos de vanidad y gratitud...
Hoy Mariflor arrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.