—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que un escondrijo oscuro para esta criatura?

La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para cuando él llegase!

Sintió Mariflor mucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.

Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la anciana, con el auxilio de Mariflor, hizo un dificultoso relato de muertes prematuras, recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico de la botica y baños progresivos de sol.

Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y a plena luz.

No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la piadosa intención.

—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.

Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.

—¡Si es necesario!...—insinuó.

Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.