Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.
Mariflor secunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de cadenas en el fondo del alma juvenil.
Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y horrible.
Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con que acude a los brazos abiertos de la Cruz.
Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas con el pie.
Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; están los niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.
Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.
La propia Mariflor fué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un jaco semejante al de Fabián Alonso.
Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la lobreguez de la alcoba adonde le condujo Mariflor, y acabó por decir que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de luz.