—Sesenta pesetas.

—Si quiere quince...

—¡Ah, no!—protestó indignada la infeliz. Y casi arrebatando su tesoro de las manos extrañas, lanzóse de nuevo a la aventura por las calles.

Guardaba el relojito entre los dedos convulsamente apretados, y parecíale sentir en la sangre trasfundido el pulso de metal, como si otra vida se derramara en la suya. Todo el ímpetu de los recuerdos latía doloroso en las potentes venas de la moza, bajo aquel doble ritmo; ternuras maternales, goces de la niñez y florecidas esperanzas del amor, cegaron con visiones de imposible felicidad los dulces ojos de la viajera.

Como llevaba el paso indeciso y extasiado el semblante, los escasos transeuntes la miraban curiosos. Ella seguía vagando sin rumbo, repitiendo con mecánica obstinación los nombres de las calles: la Redecilla, la Culebra, Santa Marta, Plaza del Seminario, Puerta Obispo... allí se detuvo sin saber por qué, y quedóse mirando fijamente al escudo de una casa antigua y señorial. Era el blasón aparatoso; en campo de gules esplendía un castillo flanqueado por torres de sable; dos águilas de oro sujetaban una cartela, que decía:

Soy morena, pero hermosa.

Varias veces leyó la muchacha el mote, con aquella porfía maquinal interpuesta como una nube entre sus actos y sus pensamientos.

Bajo el dintel macizo de la portalada aparecieron unas damiselas con sombreros de moda, abanicos y quitasoles. Mirándolas Florinda recordó, como un tiempo muy distante, sus años de burguesa ciudadana con arreos pueriles y melindrosas costumbres.

Las señoritas, al perder la frescura del portal, comenzaron a darse aire con mucho ahinco. Entonces Mariflor cayó en la cuenta de que el bochorno la mortificaba, pero continuó detenida, releyendo con absurda tenacidad: