Poco después, logrado por Mariflor su cestillo de harina, salen de la aceña las zagalas de Valdecruces.

—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.

Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.

Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la «avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores esperaban al tío Isidoro.

—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.

—No sé—dice vagamente Florinda, observando con admiración a su compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda apalabrada con un hijo de Tirso Paz.

El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del paisaje.

—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo Maricruz.

—No irá gente, si nieva.

—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. ¿Dais entrada a la tía Gertrudis?