—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana hablaremos al señor cura.
—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...
—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.
—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!
—Bueno; ¿y qué te dijo?
—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don Miguel manda que se la estime!...
—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con oscura inquietud—. Y agora, las cuchares y el pote: a cenar, pa que estos críos se acuchen.
Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las fúnebres posas...