—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y atribulamos a estas criaturas.
—¿Qué quieres, hija?
—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.
—¿Pos no dijiste?...
—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.
—¡Ah!... ¿Consientes?...
—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la rúa?... Pujaremos por él como cristianas.
—Mujer, ¡Dios te lo pague!
—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará cuando vuelva éste!...
Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.