Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme, Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.
Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.
También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce palabra.
—¡Madre!—dijo.
Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.
—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave palabra.
—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?
Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la vieja.
—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?