Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, y Mariflor siguió escuchando a su prima.

—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!

—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.

—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!

En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina, donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las muchachas.

Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los animales maltratados y moribundos:

—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas, te pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!... ¡Los mares y los hombres te rebatan!...

Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:

—¡Volveré pronto!

—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre: ¡mira!