—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre viene a morirse?
Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el brazo, añadió con angustia:
—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.
—Pero, ¿quién ha escrito?
—Tu padre.
—¿A mí?
—No: a la abuela.
—¡A mí ya no me escribe!
—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!