—También el tío Chosco anda malico.
—¡Pues mira que si se muere el enterrador!
—Hereda el puesto el sacristán.
—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?
—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.
—¿Y abuela de tu novio?
—Velaí.
—Vamos a rezar por su alma.
Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas, que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la tarde, malherida de la nieve.
Iba Mariflor tan penetrada por el soplo de la tragedia, que no experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos. Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza, estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra del estradín: