—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí antaño la ronquez.

—Dicen que está muy sola y muy necesitada.

—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya, en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...

Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecruces en la espesa cerrazón del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada por su experiencia campesina, anunció alegre:

—Pronto llegamos.

Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:

—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!

—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que es por ella?

—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían tres.

—¡Ah!