—En cuanto repose; todo el día anduve por ribas y cuestos atropando carrasca antes que cerrase la nieve; y atollecí.

—En l’intre—propuso entonces Maricruz—jugaremos a los acertijos, ¿queréis?

Mozas y viejos aceptaron. Una ligera curiosidad alzó los ojos y animó los semblantes.

Tenía lugar el clásico «filandón» en la espaciosa cuadra que antaño albergó las «llocidas» reses de la tía Dolores: un mantillo de bálago, a modo de tapiz, prestaba calor y blandura al renegrido suelo, y un candil de petróleo, cebado a escote, daba, pendiente de una viga, más tufo que luz.

Toda labor de mujer tenía allí su escuela y ejercicio: hilaban, por lo común, las más viejas; «calcetaban» y cosían algunas, tejían otras a ganchillo refajos y gorros infantiles. La tertulia, que se acomodaba por turno en los establos mejores de la aldea, en el santo suelo y entre el vaho de los animales, solía terminar cristianamente con el rezo del rosario. Pero antes se narraban historias, se proponían adivinanzas y hasta se dejaba correr sobre ruecas y agujas algún airecillo picante de murmuración.

Aunque la cuadra de este pobre lar, venido tan a menos, aloja hogaño muy pocas reses, disfruta por céntrica y espaciosa las preferencias de Valdecruces, y esta noche la invade un buen número de tertulianas, sin más compañía de varón que la del tío Rosendín, el viejo sacristán. Allí parecen también sus hijas Felipa y Rosenda; las nietas del tío Fabián, con su madre; Ascensión con la suya; Maricruz Alonso y sus hermanas, las de Crespo, la Chosca y otra porción de mujeres de distintas edades y parecidas condiciones.

Mientras fueron llegando, hablóse del temporal, haciendo memoria del último, que cubrió las casas con trousas formidables, verdaderos montes de nieve. Felipa dijo que a prevención tenía muchos fuyacos para alimentar a las ovejas, y el tío Rosendín profetizaba que aunque arreciase el mal tiempo, aún se podían aprovechar los piornos para el ganado durante una quincena. Las de Salvadores preguntaron con mucho interés por el tío Chosco, que, según el sacristán, «iba ya mejorcico». Se comentó en seguida el fallecimiento de la tía Mariana, lamentando que las de Paz no asistiesen al «filandón».—Velarán el cadáver de su agüela—opinaron algunas mujeres—. Y otras dijeron compasivas:—¡Biendichosa!...

Pero ya juntas las que esta noche se reúnen, piden los acertijos, y la misma iniciadora lanza el primero: