«Enas iglesias estoy
entre ferranchos metida,
cuándo allende, cuándo aquende,
cuándo muerta, cuándo viva...»
—¡La lámpara!—dice riendo el sacristán.
—¡Usté no vale!—protesta Maricruz.
En aquel momento Florinda le pregunta con sigilo:
—¿Cómo no fuiste al velatorio?
—No acuden mozas cuando fallece una vieja—responde—. Fué mi madre.
Algunos pretenden averiguar cuántos años tendría la difunta, y Ascensión dice que no se sabe a punto fijo, porque en los libros parroquiales sólo consta que «nació el día que se amojonó Fumiyelamo».
—No había yo nacido—apunta la tía Dolores, muy despierta y con cierto orgullo.
Y el tío Rosendín, sonriendo malicioso, coloca otra adivinanza: