«¿Qué cosa yía
la que no has visto nin vi
que no tien color ni olor,
pero mucho gusto sí?»
Un aire de perplejidad inmoviliza al auditorio. El anciano detiene el gesto de una contemporánea suya que intenta responder.
—¡Que acierten las mozas!
—¡El agua!—prorrumpe una voz juvenil.
—¡Avemaría!... ¡Tien que ser una cosa que nunca hayas visto!
Crece la incertidumbre y se suspenden las labores. Después de algunas respuestas disparatadas, el sacristán dice triunfante:
—¡El beso!
—¡Josús!—pronuncian las zagalas, ruborosas.
Todos ríen, y el viejo, embaído, añade en seguida: