«Blanco fué mi nacimiento,

verde lluego mi niñez,
mi mocedade encarnada,
negra mi curta vejez.»

—¡La mora! ¡La mora!—repiten alegres las muchachas. Y como ya suponen que la tía Gertrudis ha descansado, solicitan otra vez la prometida narración.

Mientras la anciana sacude un poco su pensamiento, se oye al aire gemir y a las ruecas zumbar: algún suspiro acaricia los copos blancos de las hilanderas.

—Erase—principió la narradora—una noche muy triste, hace ya cuántos siglos. Por el mar que le llaman de la muerte, cerca de La Coruña, navegaba un lembo gobernado por el turco más temido nestas historias de piratas. Con él iba prisionera una pobre doncellica que el capitán robó en un castillo principal. Era hija de un señor de salva, tan hermosa y fina como las febras del oro. Quería el turco esconder a la moza tierra adentro, y esperaba un señal, una locecica de algunos de sus piratas que por la riba aquende le buscaban cobil, pero en toda la ledanía de los mares no pareció ninguna luz... Conque navegaba la embarcación roncera, en calmería de viento, apocado el velaje y cansos los marinos, cuando va y luce una flama en una torre que le decían la Torre del Espejo y se encendía en las noches oscuras para las naos que llegasen de paz. Dió un brinco el pirata cabe la moza, tomando por seña de su gente la lumbre del fogaril. Y la infelice doncella clamó al Dios de los cristianos, que era el suyo, pidiéndole que le sacase de aquella amaritud...

Hace una pausa la tía Gertrudis para recordar las frases conmovedoras de la cautiva, y aunque la misma leyenda se ha repetido muchas veces en los «filandones», un devoto silencio la circuye ahora, y un aroma de mar y de aventura la engrandece y ensalza entre sutiles asombros: la evocación de ese otro llano, inmenso y libre, desconocido y atrayente, se presenta en los labios de la anciana con imágenes desoladoras, en que una mujer sufre cautiverio. Y las maragatas sienten batir contra sus corazones las olas de aquel mar lejano que les lleva los padres, los hijos y los esposos, fascinándoles con su prometedora anchura, para engañarles al fin y cautivar la ilusión de infinitas mujeres.

También para Florinda la llanura amiga de su niñez suena ronca y extraña en los acentos pavorosos de la tía Gertrudis. Todas las ilusiones de la moza naufragaron en la amada ribera, y el recuerdo de su bien perdido se le ofrece como una pálida visión de naves que huyen y de espumas que gimen: apenas si el perfil de un marino se agita en estas membranzas como símbolo del primer sueño de amor que la muchacha tuvo. Por un instante se sorprende ella al caer desde la nube de sus evocaciones al fondo del establo donde la tertulia aguarda a que se termine el cuento. Mira absorta a su alrededor y le parece que Marinela está muy descolorida y que Ramona oculta mal su incertidumbre.

Pero ya la anciana sigue el relato:

—...Y en esto que partían el ánima las voces de la inocente, los mareantes de la embarcación dieron en complañirse y maldecir del capitán...