Un estrépito medroso dejó rota la leyenda y en angustia las atenciones.

—¿Fué tronido?—balbuce una voz.

Y al mismo tiempo Marinela se dobla desmayada encima de su madre.

Recíbela Ramona con un ¡ay! tan brusco, que parece un bramido de su corazón. Deslizando hasta el suelo el cuerpo inerte de la niña, se arrastra, súbita y fiera, y sacude a la tía Gertrudis por los brazos en una cruel explosión de frenesí.

—¡Conjúrala, conjúrala agora mismo—dice tuteándola con menosprecio—bruja de Lucifer!

—¿Yo?... ¿Yo?...

—¡Tú, tú, sortera!

—Yo non sé conjurar. ¡Soy cristiana y nunca tuve poder con el diañe!

La voz senil plañía con menos asombro que amargura; aparecía en todos los semblantes la congoja del pánico, y sólo Florinda se acordaba de aflojar el corpiño a Marinela.