—¡Traed vinagre para los pulsos!—pidió vivamente.

Olalla, levantándose indecisa, declaró:

—¡Tengo miedo d’ir sola!

Después de algunas vacilaciones y consultas, encendió un cabo de vela en el candil y dirigióse con Maricruz hacia el postigo medianero de la cocina. Pero, sin alcanzarle, se volvió espantada:

—¡Sonan pasos!

—Es el viento y la truena—dijo Maricruz más valiente.

Y apremiaba Florinda:

—¡Pronto, pronto!

Ramona, que no había soltado a la tía Gertrudis, trocó de improviso en súplicas sus delirantes voces:

—¡Por Dios me la conjure!... ¡Por Nuestra Señora la Blanca!... Daréle a usted cuanto me pida; mire que va a morir. ¡Aguante, por la Virgen!