Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el sacerdote con grave solemnidad:

—Hija, ¿lo has pensado bien?

—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba esperando.

No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana, rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la estepa...


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