—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos... ¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?...
Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en realidad, lo que deseaba era acercarse a Mariflor, en cuyas manos se estremecía la carta de Rogelio.
Leía la muchacha en el foco de luz:
«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones, si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades. Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a Mariflor, sin comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel: puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»: dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato y perjuro. Dile...»
—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación de la lectura.
Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de «asperez» en la garganta, y tornó a preguntar:
—¿Viene en romance, di?
—No; ¡viene en prosa!
Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela al cura, dijo:
—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio.