Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción, se enjuga los ojos murmurando:
—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que soñé.
—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud de las palabras.
—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya no me acuerdo!—balbuce sordamente.
Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a Florinda:
—Entérate: ya hace tiempo que la recibí.
—¿Es de su padre?—dice Ramona.
—No.
Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero: