Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora mesmo.

—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la cordura no sé onde.

—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco.

Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo:

—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas: andamos a modín pa non las recordar.

—Pues mira tú si duermen.

Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo.

—Pase, pase.

Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela, descubriendo las palomas, prorrumpe:

—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai por una cachapada de cebo para echárselo aquí.