En el portal encontró a Olalla, que le dijo:

—Voy por el médico.

—¿Tan mal sigue la enferma para que te arriesgues así?

—No está el día tempestuoso como ayer.

—Pero los caminos se han borrado.

—Acertaré por la lindera del regajal.

—Aguarda, al menos, que yo suba, y si es preciso buscaremos quien te acompañe.

Apareció Ramona, que bajo la mirada severa del sacerdote abatía la suya enrojeciendo.

—De modo—pronunció don Miguel—¿que es imposible curarte de la superstición?... ¡No esperaba yo eso de ti!