En este corazón, todo llanuras
y bosques y desiertos,
ha nacido un amor...
Por suerte, la desatinada respuesta quedó ahogada en unos gañidos resonantes que despertaron a Florinda.
—¡Otra vez el perro!—murmuró anhelosa. Y aún dominada por la pesadilla reciente, llevóse las manos al rostro que sentía húmedo: ¿habría llorado?...
La blancura del paisaje llamó a las ensoñadas pupilas, que al punto se nublaron de lástima: todo el bando de palomas, hambriento y alicaído, esperaba en el carasol, y el gesto de la muchacha, al sorprenderle, inició un arrullo largo y hondo, humilde como el de los niños cuando piden una caridad por el amor de Dios...
Cerca de dos meses guardó en su bolsillo don Miguel una carta de Rogelio Terán. Solía decirse todas las mañanas: «Hoy se la enseñaré a Mariflor». Y luego sentía una piedad inmensa por aquella esperanza muda que a veces resurgía en los labios de la moza.
Ultimamente la pobre enamorada había cambiado mucho. Aparte de aquel fuego sombrío de sus pupilas y algunos éxtasis profundos que iban a sorprenderla cuando menos lo esperaba, fué envolviéndola un abatimiento implacable y empujándola al fatalismo un cansancio lleno de trágicas inquietudes.
Y al verla hundirse en el infortunio, dudaba el sacerdote si la lectura de aquella carta cruel sería un cable salvador tendido por el desengaño a las últimas energías de la infeliz, o un golpe definitivo para quebrantárselas sin remedio.
Esta duda acomete a don Miguel una vez más cuando se dirige hoy a casa de la tía Dolores. Le acaban de decir que Marinela ha sufrido la víspera un grave desmayo, y aunque los detalles del suceso le escandalizan un poco, acude a consolar en lo posible las cuitas de aquella gente.