Esto no te lo digo a ti; se lo digo a Dios, ¡a Ése!
Volvióse la niña hacia la Cruz, alzada en el muro con la doliente imagen del Señor, y quiso rezar; pero su entendimiento, obsesionado, sólo conseguía dar forma a las endechas de la figuranta; y como una ráfaga de lucidez alumbrase la disparatada oración, Marinela, acusándose de herejía, acabó por llorar rostro a la Cruz.
Blanco de aquella lucha, la sagrada efigie atrajo también las miradas de Florinda, que las estuvo meciendo desde el dolor humano hasta el dolor divino, con fuertes emociones de piedad. Cerrando los ojos para mirarse la alterada conciencia, imaginó que volvía a henchírsele de lágrimas el pecho como en los días en que su desgracia era toda compasión y ternura: creyó juntar su llanto con el de la enferma y le pareció que sentía levantarse en su alma el infinito poder del sacrificio, libre ya de egoístas propósitos, santo y puro, a humilde semejanza del que probó Jesús agonizante.
Pero cuando un gemido la hizo recordar, halló sus párpados enjutos y rebeldes sus pensamientos: ¡sin duda había soñado!...
Marinela, otra vez delirante, musitó:
—¡Mira qué volada echó aquella estrellica!... ¿a ver si aflama el cielo?... Agora la planura es un mar de nieve...
Tuvo después miedo al gato que maullaba, y estremecióse con los toques del reloj. Al amanecer, un perro lastimoso la hizo gritar de espanto, un perro que gañía desesperadamente.
También se alarmó Florinda con los aullidos lúgubres, pero sin manifestarlo; puso mucha persuasión en sus palabras tranquilizadoras, consiguiendo al fin que se durmiese la niña.
Entonces el frío y el cansancio la inmovilizaron, envuelta en un chal junto a los cristales: otra vez cerró los ojos abismándose en desconsoladas meditaciones. Ya estaba allí el cano invierno con su amenaza de pesadumbres: los lobos a la puerta, el hogar miserable, dolientes un padre y una hija, cerrados los caminos, yertas las esperanzas.
Poco a poco fué rodando la cabeza de Mariflor hasta quedar vencida sobre el pecho y apoyada en los vidrios. Oía la moza llorar, llorar mucho a la abuela, a las primas y a los rapaces: una voz, triste y oscura, clamaba también, entre condolida y furiosa. Mariflor quiso levantarse para saber el motivo de los llantos aquellos; pero la detuvo un aire de tempestad que soplaba desde sombría nube. ¿Volvían los huracanes de la nevasca?... ¡Ah, no!; este viento y esta sombra eran pliegues alborotados en el manteo de un cura. Don Miguel llegaba agitadísimo:—¿Oyes llorar?—preguntó—. ¿Quieres tú ser el paño de todas esas lágrimas?... ¿Di?... ¿quieres?—. Iba la moza a responder y, como antes Marinela en su delirio, sólo acertó a balbucir el romance de la comedianta: