Y con tonos de diferentes canciones compuso una muy extraña, cuyo estribillo se empeñaba en repetir:

Yo soy una mujer, nací pequeña...

El acento exaltado de la cantora resonó tristísimo en la estancia, y Mariflor, saturándose de recuerdos y pesadumbres, logró persuadirla de que no era religioso aquel cantar:

—Acuérdate que le trajo la farandulera.

—¡Ah, sí, sí...; una que tenía el corazón roto como yo!... Ven... ¡escucha!

Y ciñéndole a su prima los brazos al cuello, Marinela suspiró:

—¿Tienes escondido algún romance?

—No, mujer, ninguno.

—Pues oye mi secreto...

Yo tengo un corazón...