Aún permanece en mitad de la sala el lecho de la niña. Le comparte la enfermera, abandonando, por difíciles de cumplir, las órdenes del médico.

Ya Mariflor no tiene bríos para cuidar a su prima en lucha con la miseria y la ignorancia a todas horas; pero allí está vigilante junto a ella, luego de haber tranquilizado a la familia.

Cuando ya la tempestad hubo cesado, abrió los postigos del balcón para asistirse con la claridad de la noche: la luna, baja y fría, reverberante sobre la nieve, iluminaba a Valdecruces con fantástica luz.

—¡Agua!—pedía ansiosa Marinela, y después con las manos en la garganta, se dolía:

—¡Tengo un ñudo aquí!

Nerviosa y balbuciente hablaba del convento: sentía correr el agua del jardín por los claustros, y le mareaba el olor penetrante de las flores.

—¿Quieres una?—murmuró—. Son para la Virgen... pero te daré esta purpurina... ¿Oyes los cánticos?... Caen en acordanza... Atiende:

Yo soy una mujer, nací pequeña

y por dote me dieron
la dulcísima carga dolorosa
de un corazón inmenso...

¡Esa es la voz de la madre Rosario!... Tengo miedo a la luna... ¡mira qué cara pone!... Vamos a laudar a Dios también nosotras; canta conmigo.