La tía Gertrudis acercó sus cansadas pupilas al semblante de Marinela, húmedo y descolorido como si estuviese lavado por los últimos sudores: había sido inútil la aplicación del vinagre en las sienes y en los pulsos.
Suspiró compasiva la anciana y recogióse un momento en solemne actitud mientras aguardaban todos con ansiedad. De pronto comenzó a decir:
—«En el nombre del Padre, e del Hijo e del Espíritu Santo: tres ángeles iban por un camino; encontraron con Nuestro Señor Jesucristo. ¿Dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivete y yerbas e yungüentos catar para nuestras cuitas e plagas sanar: los tres ángeles allá iredes; por aquí vendredes; pleito homenaje me faredes, que por estas palabras precio non llevaredes esceto aceite de olivas e lana sebosa de ovejas vivas... Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas ni libidinezcas por agua ni por viento ni por otro mal tiempo, que ansí hizo la lanzada que dió Longinos a Nuestro Señor Jesucristo, ni endureció ni beneció...»
Abrió los ojos Marinela, tan asombrados y tristes como si girasen ya tocados por la muerte. Una impresión de maravilla inmovilizó a la tertulia, y Ramona, febril fluctuando entre el odio y la gratitud, preguntó a la vieja con ensordecido acento:
—¿Está ya liberada?
—¿De quién?
—Del diablo.
—Non tornes con embaucos, criatura, que paeces una orate: yo dije la oración porque está bendita y es buena pa sanar si Dios la acoge. Agora hay que levar aspacín a la rapaza, aconchegarla bien caliente y darle un buen fervido. ¿Oyísteis?...
Bajo las dulces manos de Florinda iba Marinela recobrando el calor y el pensamiento...