Cuando Olalla saltó diligente junto a su prima, parecía que hubiese perdido en un segundo el trono sublime de la belleza: en el lago azul de sus ojos ninguna expresión grande navegaba, un leve azoramiento físico rizaba apenas en las pupilas el sereno cristal; y en la plebeya boca, el gesto brusco y la placidez ausente daban aire de abandono y hastío a la maragata rubia. Quizá era su porte demasiado recio y su cara harto redonda; tal vez los pies y las manos fuesen muy varoniles... El copo de pluma había desaparecido de su jubón.

—No te pongas el pañuelo—suplicó Florinda, viéndole hacer un vivo ademán para cubrirse la cabeza. Y Olalla, realizando su propósito sin replicar, lamentóse:

—¡Las diez sonaron; tendré asurada la olla y la lumbre muerta!...

Detrás de la débil puertecilla quedábanse la luz y los arrullos, el aroma agreste de los tálamos, la pura libertad de las alas, y Mariflor, a tiendas por los oscuros escalones, apretaba la mano de su prima, repitiendo:

—¡Tienes unas trenzas tan hermosas!... ¿Por qué no las quieres lucir?

—No se usa.

—Ponemos esa moda tú y yo.

—Para ti es diferente...

—Estás mucho más guapa sin pañuelo.