Se remecen los nidos en el palomar, y fuera, un lozano batir de alas azota la luz; en parejas veloces acude el bando entero a picar en las manos de la muchacha: hay palomas con rizos; las hay con toca, con moño, con espuelas; las hay grises, verdosas, azuladas plomizas; algunas lucen el collar blanco, otras el pico de oro, otras las patas de luto; aquellas los reflejos metálicos en la pechuga, en las alas, en las plumitas del colodrillo. Todas las distintas variedades son domésticas, aclimatadas al campo mediante cruces con las castas silvestres y tributo de crecida mortandad en los bravos inviernos.

Rozando las mejillas de la joven, las madres anidadas salieron a comer; ella hace en la ventana un sitio para que se asomen los ojos de Mariflor, y enumera y define la variedad del bando, junto en apretado racimo de codicias y de temblores.

Ha trepado la niña forastera hasta descubrir la techumbre muelle y sinuosa donde las aves, en montón, arrullan y solicitan el sustento. Pero la prima Olalla, más complaciente aún, discurre:

—Te las voy a mandar todas a la palomera.

Y arroja, sonoro, el contenido de su delantal dentro de la estancia.

Entonces una impaciente agitación de vuelos lánzase a la ventanuca desde el techado humilde, entre el pecho de Olalla y la cabeza de Florinda. Salta al suelo la joven para ver más de cerca a las palomas, y ellas la miran extrañadas, de medio lado, con un ojo nada más, mientras que alas y picos sacuden en el aire y en el tillado raudas notas de instinto y de pasión, sorda y ávida música de picotazos, aleteos y arrullos, donde la voracidad y los amores cantan con gráficos acentos sus leyes y sus prerrogativas: las hembras, que en el nido padecen sagrada calentura maternal, han bajado en volandas sus pichones al ruedo y les incitan a comer, disputando la ración a las glotonas más tímidas; muéstranse los machos galantes y los padres solícitos, se colman los buches, se aquieta el tropel, y Florinda, saturada del perfume bravío que exhala el palomar, seducida por los iris de las plumas, agitada por las palpitaciones de las aves, ebria de sol y de placer, siente con ardorosa plenitud la belleza potente de aquella vida cándida y salvaje, libre y fecunda, que ahora despliega el vuelo alto y feliz, en parejas de amor, por el llano luminoso y sin tasa, nuncio de lo infinito...

En pos de las palomas, los deslumbrados ojos de Florinda tropiezan con la figura intrépida de Olalla, exaltada allí en la cumbre del palomar, en el foco de la cruda luz, con el sereno perfil de realce sobre el índigo raso de las nubes: despide la muchacha al bando con mimosa delicia; le riñe y le aconseja con familiares voces; su acento casi infantil, truncado y leve en aquel íntimo soliloquio, se aduna con los arrullos de las fugitivas y se pierde en el aire manso, que al roce de las alas se hace sonoro; el pañizuelo de la cabeza, caído a la espalda, descubre un rodete rubio, apretado y firme, rutilante sobre la nuca morena, como una corona de sol encima del trigo segal; mírase el cielo en los claros ojos, de un azul más profundo en esta hora; las rosas aldeanas en las mejillas arden con calor juvenil; la melada tez luce su fino vello de sabrosa fruta y muestran los labios, mórbidos y abiertos, unos dientes, duros, iguales, blanquísimos.

Toda la figura de la joven, propicia al atavío regional, señora del paraje romancesco, sublimada por la fortaleza del sol, se yergue bellísima y extraña, con la silvestre dulzura de una roja flor de sangre y de salud, con el donaire rústico de la fuerte amapola, espontánea sonrisa del erial.

Atónita Mariflor, cual si de pronto viera a su prima convertirse en otra mujer, sólo recordaba de sus recientes emociones la que incendió el copo de pluma dejando en el jubón de Olalla la estela de singular caricia.

Un toque gemebundo y cansado resonó en el palomar desde las profundidades del edificio, y al romper el silencio estremeció a la moza ensalzada en la ventanuca.