El cariñoso halago al borde del nido dejó adherida una pluma sutil en el jubón de Olalla: ¿nada más que esta huella deleznable habrá marcado la amorosa caricia sobre aquel macizo pecho de mujer?... ¿Nada más?
Lo duda Mariflor mientras, acuciosa, estudia aquel semblante moreno y gracioso que cierra a toda asechanza de íntima curiosidad los secretos de un corazón femenino: sellado con una placidez austera, ecuánime y dulce, un poco triste, el rostro de Olalla Salvadores es un enigma, la noble máscara de unos sentimientos absolutamente ignorados y silenciosos.
Al contemplarla su prima interrogadora, ella dice amable:
—Voy a llamar a todo el bando.
—¿Cuántas parejas tienes?
—Treinta y tres; aquí dentro no hay ni la mitad.
—¿Y son todas de la misma casta?
—Abundan las palomariegas; pero téngolas también de monjil, calzadas, moñudas, reales, tripolinas...
De un arcón pequeño, separado del piso por toscos bastidores, vierte la moza en su delantal una porción de cebada y sube ágilmente hasta la tronera, apoyando los pies en las quebraduras del muro: acodada en los umbrales, lanza desde allí con voz atrayente y melosa el familiar reclamo:
—Zura, zura... zurita...