—¡Qué preciosas!... ¡Cuántas!... ¡Y no huyen!—exclama con embeleso Mariflor.

—Son medrosicas, pero no se asedan—dice Olalla, prodigando, graciosa, una caricia a cada nidal—. Y como su prima quiere ver los pichones en la mano, toma dos chiquitines bajo las alas de la madre y se los ofrece. Ella los acoge en el delantal, por temor a que se lastimen entre los dedos, y también porque la retrae de tocarlos un escrúpulo repentino.

—En guarrapas son feucos—pronuncia Olalla sonriente; y antes de volverlos junto a la azorada paloma, los besa y los guarda entre las dos manos un instante, encima de su corazón, con dulce gesto maternal. Del regazo de una hembra febril, levanta después un huevecillo cálido y terso, y se lo acerca a Mariflor, anunciando ponderativa:

—¡Ponen dos todos los meses!

—Tendréis un bando muy numeroso.

—¡Quiá, mujer! Se mueren muchas en la invernada, con el frío y la nieve, y los pichones más llocidos los vendemos para el mercado de Astorga y de León.

—¿No te da lástima?

—¡Como son para eso!

Florinda se aturde ante la respuesta razonable y fría, que del reciente beso y el impulso cordial borra la impresión de ternura y oscurece con raro misterio el alma de la campesina doncella.