Así las sorprende una cadencia ronca y triste, repetida a lento compás como un latido que sonara a pena.

—Son las palomas que arrullan—dice Olalla, levantando los ojos.

—Llévame donde estén—repite Florinda, hablando quedo, como si temiese turbar con sus palabras el arrullo.

La toma su prima por la mano, y en saliendo al corredor cierra la puerta de modo que la más profunda oscuridad envuelve los pasos de las dos maragatas. Hácense otra vez torpes los de Florinda.

—¿Por qué cierras?—murmura—. No tenemos ni una chispa de luz.

—Es que el gato entra al carasol y escarrama las simientes.

Como si quisiera protestar del mal propósito que la joven le atribuye, el animal guaya en la sombra, lastimero y humilde.

—¡Micho...! ¡Micho—ordena Olalla varias veces, espantándole.

Palpando de nuevo en las tinieblas, dan las niñas en unos gemidores peldaños, muy hostiles y maltrechos y llegan al desván, oscuro y ruinoso, lleno de bálago resbaladizo. Una pared de madera y una puertecilla, resquebrajadas, transfloran dorado resplandor, dividiendo en dos mitades el local: allí, al otro lado de la medianería, donde irradia la luz, suena el arrullo.

Con suave remezón del maderaje, abre Olalla la palomera, y de pronto Florinda no ve más que la luz, igual que le sucedió poco antes en el colgadizo. Recorta el alto ventanal un pedazo de cielo que se convierte en un chorro de sol dentro del libre refugio de las palomas: blandos nidales, al arrimo de los adobes, cobijan a las hembras en gestación y a los polluelos temblorosos; y desde cada nido ocupado, entre esponjadas plumas, se vuelven los ojitos de las aves a mirar con recelo en torno suyo.