—¿En casa...? Yo aquí no subo nunca; tengo otras cosas que hacer.
—Pero no sales al campo—dice Mariflor inquieta, a pesar del convencimiento que tiene en lo que afirma.
—¿No es campo el caz de agua donde se lava la ropa, y el huerto de las legumbres, y la cortina de los panes de trigo...?
Olalla enumera los diferentes campos de sus labores con cierto calor impropio de su palabra cantarina y premiosa, pero sin asomo de reproche o lamento, y aun con vaga sonrisa de orgullo y fortaleza.
—Hay que coser; hay que guisar—sigue diciendo enfática, engreída en los altos deberes de su destino.
—¿Y la Chosca?—pregunta Mariflor con desolado acento—,¿Qué hace, entonces?
—Servir a las caballerías, mujer, y a los bueyes; andar a las aradas con las obreras y con mi madre; atropar la leña de más fuste...
—¿También tu madre...?
—Agora sí—responde Olalla con imperceptible amargura.
Se han quedado las dos mozas en la última de las habitaciones, frente al vano del colgadizo, que extiende en la salita un esplendoroso tapiz de sol. Con el aire tibio, levemente impregnado en aromas de huertos, humo de hogares y vahos de pesebres, entra el hondo silencio de la aldea hasta el rincón donde Olalla y Florinda enmudecen de pronto, atónitas y mustias, entre mochilas y zurrones, enjalmas y capachos...