—Están los vidrios llenos de sedaduras... ¡Los rapaces acaban con todo!
—Vamos, vamos a ver las palomas—pide Florinda con impaciente actitud—. Pero Olalla la detiene sin prisa ninguna:
—¡Ah, fíjate! Estas flores las hizo Marinela...
Las dos primas, altos los ojos y entreabiertos los labios, contemplan con aire estúpido una malla colgante del techo, labrada a punto de aguja y teñida de bermellón, toda ornada de trapos vistosos que la maestra de Piedralbina ha bautizado con el remoquete ideal de «flores».
—Muy bien—murmura la forastera, sonriendo generosamente.
Todavía, antes de salir, Olalla abre una puerta primero y otra después, frente al carasol, para mostrar a su prima dos habitaciones pequeñas, llenas de trastos, sin ventanas ni lechos.
—Mira qué atropos—alude señalando los fardeles, seras y alforjas, en abandonada confusión—. ¡Todo quedó sin arreglar anoche!
Y a Florinda le parece descubrir en aquellas palabras un aire brusco, de tedio y de cansancio.
—Ahora seremos dos a trajinar en casa—responde afable.