—Sí, sí; ya lo creo.

Ocupaba el carasol la fachada entera del edificio: tenía el suelo jiboso y crujiente, como todo el piso alto de la casa, trémulo el carcomido barandaje y cobijadores los aleros, donde anidaban golondrinas; algunas prendas lacias de ropa pendían a lo largo de él, y decoraban sus agrietados muros sendos manojos de hierbas medicinales puestas a secar y «espigos» de legumbres envueltos, con mucha cautela, para que la simiente en sazón quedase recogida.

Todos estos detalles sorprendieron los ojos inquiridores que, después, se posaron con cierta ansiedad en la saluca.

La cual era espaciosa, baja de techo, con rudo viguetaje pintado de amarillo, igual que el camarín de Mariflor; las paredes, de anémica palidez, se hundían en muchos sitios, entre mal blanquete y hondas arrugas, como la faz de viejas presuntuosas en las ciudades festivas. Un sofá de anea con almohadones de satén, floreados y henchidos, se extendía en el testero principal, y, encima, elevado y turbio, inclinábase un espejito, con el alinde picado y el marco negro, en reverencia inútil ante una visita que jamás llegaba; alrededor de aquella luna triste y a lo largo de las otras paredes, sendos cromos con patética historia memoraban la vida de una santa mártir, moza y gentil; fotografías pálidas, casi incognoscibles, prisioneras en listones de un dorado remoto, ceñidas por cristales heridos, trepaban en desordenada ascensión, en una verdadera república de colgajos, desde las decoraciones viejas de almanaques y el ramo seco de laurel, hasta las pieles corderinas abiertas en cruz, a medio curtir. Entre las sillas, muy numerosas, juntas y apretadas en hilera como aguerrida hueste, delataban, algunas, otros tiempos de más prosperidad para la familia Salvadores: aquellas de reps y de caoba con el pelote del asiento mal contenido por desmañadas costuras, con la color verde convertida en marchitez dorada, como el follaje de otoño; aquellos dos sillones de gutapercha, despellejados y hundidos, con respaldares profundos y solícitos brazos; la clásica consola y el amigable velador, cuentan las abundancias de unos desposorios en que la abuela y su primo Juan unieron con sus manos las más pudientes fortunas de Valdecruces, en gran porción de «arrotos» y centenales, «cortinas» y recuas...

En estas reflexiones se para Mariflor, que por su aguda sensibilidad tiene el privilegio exquisito y amargo de evocar y sufrir el fuyente roce de las cosas, prestándoles la ternura de su propio sentimiento.

Inconsciente de este raro don, que preside las existencias escogidas con la facultad doble de gozar y padecer en grado sumo, la muchacha reconstruye en un momento la dura cuesta de dolores por la cual los años, los hijos y la miseria torva del país, han derrumbado casa y heredad en torno de la abuela envejecida. Y una lástima aguda empaña aquellos ojos, aún sonrientes a la orgía de luz cuajada en el páramo.

—La vida de Santa Genoveva, ¿la sabes?—dice Olalla con beatitud, señalando los historiados cromos que circundan las paredes—. Y viendo que la prima no da señales de conocer el ejemplar relato, apunta sobre una imagen de pergeño bravío, y añade con edificadora gracia:

—Este era el traidor Golo... Aquí—indica en otro cuadro—está la cierva que criaba en el desierto al niño...

El dedo bronceado va posándose en cada cristal empañecido y roto, y se detiene a lo largo de una incisión más hundida y más negra, mientras la voz enunciadora prorrumpe: