Un ave zancuda y blanca, con las puntas de las alas negras, largo el cuello, las patas y el pico rojos, pasó crotorante y magnífica, con alado rumbo hacia la torre.

—¡Qué mansa! ¿Ves? Casi tocó el alar—dijo Olalla, devota.

Y Mariflor quedóse atenta y muda ante el ave sagrada para los labradores de Castilla, el ave tutelar de los sembrados, la reina de los aires campesinos en la madre llanura de la patria.

—Iré a visitar el nido regio—murmuró ferviente—. Luego lanzó la vista al horizonte inflamado de luz, llano y calmoso, semejante a una extensa bahía que se adormeciese inmóvil y sin respiración en el estío.

Olalla advirtió:

—Embajo está el huerto.

—¿Hay flores?

—De agavanzo y de tomillana, y dos rosales nuevos con ruchos.

—¿Bajamos?

—¿No quieres ver primero el palomar?